Elefante

Qué ver de safari en Botswana, África.

Qué visitar, ver y hacer en un safari por Botsuana, África.

Si vas a realizar un safari por África y decides viajar a Botsuana, tienes que visitar el Parque Nacional Chobe, realizar safaris terrestres y acuáticos, hacer un paseo en barco por el río Chobe y explorar el Delta del Okavango.

Qué visitar, ver y hacer en un safari por Botsuana, África:

Si vas a realizar un safari por África y decides viajar a Botsuana, tienes que visitar el Parque Nacional Chobe, realizar safaris terrestres y acuáticos, hacer un paseo en barco por el río Chobe y explorar el Delta del Okavango.

Botsuana se encuentra en el centro de África meridional, su capital es Gaborone y no posee salida al mar. Este país limita al norte con Zambia, al oeste y norte con Namibia, al este con Zimbabue y al sur con Sudáfrica. Lamentablemente, es uno de los países del continente africano con mayor población afectada por el VIH y presenta una alta tasa de mortalidad infantil, lo que supone un gran desafío para la nación.

Por otro lado, es mundialmente conocida por sus minas de diamantes, el Parque Nacional Chobe, el Delta del Okavango y por albergar la mayor población de elefantes del mundo. Para los españoles es un destino aún más célebre debido al polémico viaje del rey Juan Carlos, quien se fracturó la cadera durante una cacería de elefantes el 11 de abril de 2012. Aunque el gobierno prohibió la caza comercial dos años después de aquel escándalo, estas restricciones se levantaron en 2019. Hoy en día, las cacerías de trofeos vuelven a ser legales bajo un sistema de cuotas anuales reguladas por el gobierno. De hecho, en nuestro viaje pudimos constatar que este negocio sigue muy vivo, realizándose de forma habitual tanto en reservas autorizadas como en recintos y fincas privadas.

Nuestro cuaderno de bitácora:

A la salida del puesto fronterizo de Botsuana nos esperaba un asistente del Chobe Safari Lodge (un complejo de tres estrellas), quien se encargó de nuestro traslado al alojamiento. Por una estancia de dos noches con desayuno, comidas, traslados y actividades incluidas, pagamos un total de 912 dólares americanos (aproximadamente 771,65 €).

El hotel se encuentra en Kasane, una ciudad pequeña que funciona como centro administrativo del distrito de Chobe. La localidad está equipada con centros comerciales, empresas de turismo, gasolineras, bares y restaurantes. Además, es un punto geográfico clave donde convergen cuatro países (Botsuana, Zambia, Namibia y Zimbabue) y dos grandes ríos: el Zambeze y el Chobe. La ciudad se sitúa a orillas de este último y es la puerta de entrada al Parque Nacional Chobe, ubicado a solo 10 kilómetros. También se encuentra a muy poca distancia de las famosas Cataratas Victoria.

Para llegar al complejo, situado junto al río y a solo cinco minutos a pie de la entrada norte del parque nacional, nos trasladamos en un vehículo 4×4. Al llegar, hicimos el registro de entrada, nos recibieron con un cóctel de bienvenida y nos inscribimos en las diferentes actividades que teníamos incluidas. ¡Un consejo importante! Recordad que hay que apuntarse a las excursiones en cuanto lleguéis al hotel, ya que las plazas vuelan y luego no quedan huecos disponibles.

Tras dejar el equipaje en la habitación, bajamos al comedor a disfrutar del almuerzo tipo bufé. Nos servimos la comida y nos sentamos, pero descubrimos que la mesa estaba sin montar, faltaban los cubiertos y las servilletas. ¿La razón? Todo el personal de sala estaba totalmente ensimismado junto a los clientes contemplando a un macaco que se había colado en la zona de la piscina. Al final me tocó levantarme a mí, Elisabeth, buscar el mueble de servicio y preparar nuestra propia mesa. ¡Allí se toman la vida con otra filosofía! Aunque el maitre se percató de la situación y reprendió a los camareros, la verdad es que ninguno se dio mucha prisa. Concluida la comida, nos trasladamos al bar de la piscina para disfrutar de un café con leche con unas vistas espectaculares al río Chobe. Nos costó 35 pulas (unos 2,88 €).

A las 14:00 h fuimos al muelle del complejo listos para el crucero por el río Chobe. Nos tocó un barco grande de dos plantas. No obstante, en el río veréis que hay opciones de un solo piso y pequeñas barcas; os recomendamos totalmente estas últimas si podéis elegirlas, porque consiguen acercarse mucho más a los animales.

Un punto a favor del barco es que los asientos no estaban anclados al suelo. Como venían colocados mirando hacia el interior, los giramos por completo para disfrutar de las vistas en primera fila. Nosotros, como siempre, revolucionando el gallinero; en cuanto nos vieron, el resto de los pasajeros nos imitó y movió sus asientos. Nos instalamos en la parte trasera y, al echar un vistazo a nuestro alrededor, nos percatamos de que éramos los únicos españoles entre tantos estadounidenses, canadienses y franceses. La tripulación estaba compuesta por el capitán, dos ayudantes y un guía de habla inglesa que se encargaba de explicarnos los detalles de cada animal que salía a nuestro paso.

La embarcación tuvo que hacer una parada en una caseta de vigilancia donde registraban a todos los pasajeros y se abonaba la entrada al parque, la cual ya estaba incluida en el precio de nuestro safari. Este recorrido es idóneo para hacerlo al atardecer, ya que es cuando la fauna se deja ver mejor al acudir en masa a beber agua.

El cauce del río Chobe es inmenso, con tonalidades que mezclan el azul y el marrón, y alberga una gran cantidad de islas donde los animales pastan tranquilamente al sol. Los primeros en darnos la bienvenida al lugar fueron los elefantes; se encontraban dentro del agua jugando y dándose divertidos baños de barro. Tuvimos una oportunidad fantástica para hacernos varias fotografías con ellos de fondo. ¡Sin duda, la tarde prometía!

Seguimos abriéndonos paso por el agua y, en la orilla izquierda, divisamos un búfalo cafre calmando su sed. Este robusto animal, típico de las sabanas del África subsahariana, se convertía en el segundo gran protagonista de la tarde. Esto nos hizo pensar en el famoso reto de los safaris: ¿sabéis cuáles son los «cinco grandes» de África? Hablamos del búfalo, el elefante, el rinoceronte, el león y el leopardo. ¿Lograríamos tacharlos todos de la lista en este viaje? Ya veremos qué nos depara el camino.

A la distancia divisamos un grupo de hipopótamos saliendo del agua y mostrando sus imponentes cuerpos, que pueden alcanzar las tres toneladas de peso. Es increíble pensar que estos animales semiacuáticos son capaces de correr a 40 km/h en tierra. Sorprende mucho el contraste entre sus patas cortas, sus orejas diminutas y las enormes fauces que exhiben al bostezar. Si os fijáis en la foto de abajo, se nota lo delicada que es su piel, llena de marcas y arañazos. Curiosamente, en este ecosistema los adultos de elefante, hipopótamo y búfalo no tienen depredadores. Y un dato que mucha gente olvida: el hipopótamo es el animal más letal de África, cobrándose más vidas humanas al año que cualquier gran felino. Son sumamente territoriales y, si se sienten amenazados, atacan con una agresividad brutal; por eso los lugareños les tienen un respeto absoluto. Aunque, la verdad, ¡nosotros tampoco nos fiaríamos mucho de la amistad de un león, un leopardo o un elefante!

¡Qué momento tan emocionante! Fuimos testigos de cómo una pequeña manada de elefantes cruzaba el río a nado. Estos gigantes de la naturaleza ostentan el título de ser los animales terrestres más grandes de la Tierra. Son criaturas asombrosas que logran adaptarse a hábitats tan diversos como sabanas, desiertos, valles y selvas tropicales. Físicamente, cautivan a cualquiera gracias a su versátil trompa, sus imponentes colmillos de marfil y sus grandes orejas.

Hay que reconocer que la zona está muy masificada. Por momentos, nos sentimos un poco agobiados al ver cómo tantísimas embarcaciones rodeaban a la fauna de forma masiva. No queremos ni imaginar cómo debe de ser aquello en plena temporada alta; por fortuna, nuestra visita coincidió con una época de menor afluencia turística.

Tampoco podíamos olvidarnos de los cocodrilos, a los que vimos descansando al sol en la orilla del río mientras esperaban el momento oportuno para cazar. Por desgracia, el ruido de los motores de los barcos rompe su camuflaje y alerta a sus potenciales presas. A nosotros nos fascina verlos sumergidos, cuando solo sus ojos delatan su presencia sobre la superficie del agua. Capturar con la cámara el momento exacto del ataque es un reto casi imposible: son extremadamente rápidos, arrastran a sus víctimas al fondo del río y las devoran sin dejar ni rastro. Estos formidables reptiles semiacuáticos cuentan con 14 especies distribuidas por las zonas tropicales de África, América, Asia y Australia.

El entorno era un auténtico espectáculo para la vista, con numerosas especies surcando el cielo. Según diversos estudios, en este parque habitan más de 460 tipos de aves. Además de las rapaces y terrestres, tuvimos la suerte de avistar una gran variedad de aves acuáticas a orillas del río.

En mitad del río Chobe divisamos un curioso bar chill-out. Según nos comentó el guía, al caer la noche muchos viajeros toman barcos para acercarse hasta el local y tomar unas cervezas, copas o champán. Un plan ideal, en definitiva, para disfrutar de una noche de fiesta en un entorno único.

El sol comenzó a caer, regalándonos una estampa de postal y permitiéndonos contemplar uno de esos magníficos atardeceres tan típicos de África. Eso sí, tuvimos que echar mano de la chaqueta porque el termómetro bajó considerablemente. Al mismo tiempo, los mosquitos empezaron a hacer acto de presencia, así que nos embadurnamos bien de repelente para evitar sus molestas picaduras.

La actividad tuvo una duración de tres horas. Al regresar al complejo, nos dimos una ducha y bajamos al comedor a cenar. Aunque en el hotel se puede cenar a la carta, para ello es necesario reservar con antelación, te asignan un turno horario estricto y exigen vestir de etiqueta. Nosotros preferimos cenar en el bufé y, al terminar, nos fuimos directo a descansar, ya que al día siguiente nos esperaba una jornada llena de aventuras.

Al día siguiente tocó madrugar: a las 5:30 de la mañana sonó el despertador. Nos levantamos, nos arreglamos y nos preparamos un café en la cafetera de la habitación. Después, nos dirigimos al vestíbulo, donde ya se amontonaban más de veinte vehículos 4×4 con sus respectivos guías. Teníamos que comprobar cuál era el coche y el chófer que nos habían asignado, pero aquello parecía un auténtico gallinero por lo temprano que era y las ganas de hablar que tenía la gente. ¡Al fin lo localizamos!

A las 6:00 h subimos al todoterreno, que era totalmente descapotable y solo tenía un techo de lona. Compartimos el trayecto con una pareja de canadienses y otra de franceses. Tuvimos mucha suerte de que el vehículo no fuera lleno, ya que disponía de trece plazas más la del conductor. Hacía bastante frío; de hecho, no recordamos haber pasado tanto frío en ningún otro viaje por África. Bueno, para ser sinceros, no sería el único día así en las cinco semanas que duró nuestra aventura por el continente.

Nosotros íbamos bien equipados con chaqueta polar, pantalones largos y pañuelo al cuello, ¡y aun así estábamos helados! Sin embargo, mirábamos a nuestros compañeros de ruta y parecía que en lugar de ir de safari fueran a la playa: camisetas de tirantes, pantalones cortos, sombreros y chanclas. ¡Una auténtica locura! Menos mal que en cada asiento había una manta verde (que, por cierto, sospechamos que no lavaban desde el día que la compraron), pero ¡qué bien nos vino! Una vez que estuvimos todos acomodados, comenzó el viaje hacia la entrada del parque, a donde llegamos en pocos minutos. Allí, el guía bajó del vehículo para registrar nuestro acceso y el de los pasajeros.

Inaugurado en 1968, el Parque Nacional Chobe cuenta con una extensión de 12.000 km² donde se intercalan bosques, pantanos y llanuras. Su mayor fama se debe a sus imponentes manadas de elefantes, reconocidas como las más numerosas de todo el planeta. Durante el recorrido también es fácil toparse con antílopes, impalas, facoqueros, monos, cebras o jirafas, además de grandes carnívoros como leones, leopardos, hienas y chacales. Aquí la conducción está limitada a las pistas autorizadas, por lo que los avistamientos dependen por entero de la voluntad de los animales. Al fin y al cabo, en un safari la madre naturaleza es la única que dicta las reglas.

Comenzaba a amanecer. Los primeros animales que pudimos ver fueron los babuinos amarillos (Papio cynocephalus). Estos monos viven en la sabana y son omnívoros capaces de consumir cualquier alimento. Se pueden organizar en grupos de hasta 300 miembros. ¡Unos cuantos, ¿verdad?! Lo normal es que sean unos 50 individuos, en los que predominan varios machos y el número de hembras es mayor. El periodo de gestación dura unos seis meses y las crías, al nacer, apenas llegan a tener un peso superior a los 400 gramos.

En un árbol pudimos ver a un buitre. Pertenece a un género de aves accipitriformes de la familia Accipitridae, de la cual existen varias especies. Son aves de gran tamaño que, como norma general, tienen pocas plumas en la cabeza. Su pico tiene forma de gancho y poseen unas garras poderosas, además de una gran visión. Es un animal carroñero, aunque también caza presas que están heridas o enfermas.

Poco después localizamos al marabú, una enorme cigüeña carroñera que suele merodear por el suelo cerca de los animales muertos. Curiosamente, son los «compañeros de faena» de los buitres, aunque siempre respetan las jerarquías y les ceden el paso a la hora de comer. Su presencia es vital para la salud de la sabana; gracias a su labor de limpieza se previenen infecciones y enfermedades, ya que eliminan los restos orgánicos antes de que entren en descomposición.

Parece que la mañana iba a ser de aves. El toco de pico amarillo o rojo es un tipo de cálao. Es un ave pequeña que mide entre 40 y 42 cm de largo. Sus patas son de color marrón oscuro, su plumaje es grisáceo y su pico puede ser rojo o amarillo. Se alimenta de insectos, bulbos y frutas, y tiene un gran parecido con los tucane

Tuvimos la suerte de presenciar a varios antílopes machos en plena pelea. Estos mamíferos pertenecen a la familia de los bóvidos y su rasgo más distintivo son sus cuernos, que en ciertos casos también desarrollan las hembras. Al ser un grupo tan amplio de herbívoros, la variedad es asombrosa: los hay desde el tamaño de un conejo hasta tan grandes como un caballo. Su capacidad de adaptación es increíble, poblando desde desiertos y estepas hasta densos bosques o la propia sabana.

A las ocho de la mañana hicimos un alto de media hora en un área autorizada del parque. Allí, nuestro guía improvisó un desayuno estupendo sobre el capó del todoterreno: café caliente o infusiones para todos, acompañados de una porción de bizcocho casero y galletas. Con el frío que habíamos pasado, el café nos devolvió a la vida y, por suerte, el sol ya empezaba a calentar el ambiente. Tras pasar por los aseos al aire libre de la zona, regresamos al vehículo listos para reanudar el safari.

¡Por fin pudimos avistar a los leones! Al verlos es imposible no acordarse del mítico título del «rey de la selva». Como grandes félidos carnívoros, su estructura social es fascinante. Aunque las leonas son las verdaderas motoras del grupo y las encargadas de cazar, los machos imponen su imponente físico y son siempre los primeros en alimentarse. Llama mucho la atención que pasan unas 20 horas al día durmiendo o descansando. Su verdadero trabajo empieza al caer la noche, cuando deben proteger con fiereza a la manada y defender su territorio frente a clanes enemigos.

Por último, vimos a un elefante solitario; es la especie que más habita en el Parque Nacional de Chobe. A nosotros es un animal que nos encanta ver por sus grandes dimensiones: verlos caminar, balanceándose de un lado para otro, cuando parten ramas de los árboles para comer o cuando se bañan unos a otros en los ríos con su trompa, como si fuera una regadera.

Tocaba abandonar el parque para volver al hotel. A las 10:00 h ya estábamos en el resort; fuimos a dejar las mochilas y las cámaras fotográficas en la habitación y nos acercamos al comedor para desayunar. ¡Estaba abarrotado! Esperamos unos minutos hasta que nos asignaron una mesa. Nuestros compañeros de safari ya estaban allí dándose un atracón de comida; en el safari tomaron pocas fotografías, pero sí que disfrutaron del desayuno.

El desayuno era tipo buffet y había de todo. Nosotros nos decantamos por la fruta local (piña, mango, sandía, melón y papaya), una tortilla de verduras, zumo y café. Este último no era muy bueno, el típico café de calcetín, ¡malo, malo!

Pasamos el resto de la mañana en la piscina conectados al wifi del hotel. Aunque se caía la línea, hicimos unos trabajos con el ordenador y respondimos a varios correos electrónicos.

Tocaba de nuevo comer. De aquí, de África, nos íbamos a ir con unos kilos de más. Almorzamos en el restaurante del resort, donde la comida también era tipo buffet con diferentes carnes, algo de pescado y verduras.

A las 16:00 h teníamos prevista la salida en barco, pero había llegado un grupo grande de alemanes y se había liado un follón. A unos los mandaban a la embarcación grande y a otros a la pequeña, así que tuvimos que esperar a que reubicaran al grupo en un solo barco. Mientras tanto, nos fuimos al bar de la piscina a tomarnos un delicioso café con leche. Pagamos un total de 35 pulas (2,88 € aproximadamente).

Al final salimos con retraso, a las 16:30 h. Embarcamos de nuevo en el mismo barco de la tarde anterior para realizar otro paseo por el río Chobe. Nos acomodamos y esta vez decidimos subir a la planta de arriba. Tuvimos que detenernos unos minutos en el punto de control para registrarnos. Pudimos ver otra vez elefantes, hipopótamos, algún que otro búfalo y diferentes especies de aves.

Aquella tarde vimos menos cantidad de animales. Hacía bastante viento y no sabemos si ese fue el motivo de que no aparecieran tantos, pero de todos modos lo disfrutamos. No fue tan impactante como la tarde anterior, que había sido mucho más emocionante, pero el viaje terminó nuevamente con una espectacular puesta de sol africana.

Regresamos al muelle del resort. Esta vez cenamos antes de irnos a la habitación; la noche anterior nos habían picado algunos mosquitos y no queríamos más picaduras. Dejamos todo recogido porque al día siguiente abandonábamos el lugar.

A las 6:35 h de la madrugada nos levantamos, nos vestimos, tomamos el café en la habitación y nos acercamos al lobby. Volvimos a mirar el listado: hoy nos había tocado otro chófer y un 4×4 diferente. Subimos a la parte trasera del vehículo; esta vez nos acompañaban una pareja de australianos y un matrimonio estadounidense.

Tapados hasta las orejas, comenzó el viaje hacia el Parque Nacional de Chobe. El guía bajó a registrarnos y a pagar la tasa de entrada al parque. Una vez listos, comenzaba el “game drive”, como llaman allí a esta actividad (recorrido de avistamiento de fauna). El guía nos preguntó qué parte del parque queríamos ver, si el río o el interior. Nosotros apostamos por el interior y los demás estaban indecisos, pero como los estadounidenses querían río, se decidió hacer esa ruta.

Nos adentramos en el parque, pero no veíamos animales. La mañana era fría; teníamos la nariz y los dedos tan helados que no los sentíamos. Llegamos hasta el río cuando aún no había amanecido del todo. En el río Chobe vimos cómo se reflejaban los colores del cielo en el agua; era una estampa preciosa, digna de una postal.

Nos recibieron unos patos. Estas aves acuáticas, pertenecientes a la familia Anatidae, cuentan con una gran variedad de especies. Se caracterizan por su cuello corto, su pico aplanado y ancho —el cual tiene pequeños orificios en la parte superior para respirar— y pueden llegar a pesar hasta 4 kg.

Divisamos en el río una pequeña embarcación desde la que realizaban una actividad de avistamiento de aves acuáticas. También pasó un barco que ofrecía cruceros de varios días de navegación por el Chobe, entre otras embarcaciones

Nos adentramos en el interior del parque para ir hasta la zona donde íbamos a realizar la parada. Por el camino nos encontramos unos impalas, que suelen ir en manadas grandes. Al ser animales que siempre están en peligro, permanecen en constante tensión y muy atentos; cualquier ruido los hace salir corriendo. Suelen ser el aperitivo de guepardos, leopardos, leones, licaones, hienas e incluso cocodrilos. De hecho, los africanos dicen que son el McDonald’s de los parques de África: si los miramos bien por detrás, se puede ver la silueta de una letra M en color negro.

A las 9:00 h llegamos a una zona habilitada para hacer una parada técnica, ir al baño y tomar un café acompañado de una porción de pastel de plátano. Mientras nos montaban la mesa sobre el capó del 4×4, nos fuimos a hacer unas fotografías junto al río. ¡A ver si no terminábamos siendo la presa de algún animal! Y es que nosotros, como siempre, no podemos quedarnos quietos mucho tiempo.

¡Aparecieron las primeras cebras del viaje! Estos animales suelen habitar en espacios abiertos y son herbívoros. Sus rayas les sirven de camuflaje para despistar a sus enemigos y protegerse de los insectos. Además, se dice que no hay dos iguales. Aunque pertenecen al mismo género, existen tres especies distintas y suelen vivir en manadas.

Llegó el momento de ver a las jirafas, uno de los animales más elegantes y el mamífero más alto del mundo. Su gran estatura las hace visibles desde lejos, pero las manchas de su pelaje las camuflan perfectamente en el entorno africano. Ambos sexos poseen cuernos, siendo los del macho más grandes. Gracias a un cuello de hasta dos metros y a su hábil lengua, alcanzan y arrancan las hojas de las copas de los árboles sin esfuerzo. A veces viajan solas, como esta, pero suelen formar manadas de hasta 30 miembros. Además, su gestación dura quince meses y dan a luz de pie.

Observamos una gran manada de búfalos. Estos animales suelen agruparse en grandes números, pero cuando uno de ellos se hace viejo, se separa del grupo para vivir el resto de sus días en soledad. ¡Qué triste, pero así es la naturaleza! De hecho, es un animal que casi nunca muere por la edad, sino por ser devorado por los leones. Más adelante, en el río, nos encontramos con un ejemplar solitario que estaba bebiendo agua. Al oír el ruido de nuestro vehículo, giró la cabeza y nos miró fijamente.

A la salida del parque nos encontramos con una tortuga (también llamadas quelonios). Estos reptiles pueden ser acuáticos o terrestres. Poseen un duro caparazón dentro del cual ocultan la cabeza y sus cuatro extremidades cuando presienten algún peligro. Como dato biológico, su reproducción es ovípara, lo que significa que nacen de huevos.

No tuvimos mucha suerte con el avistamiento de animales; resultó un poco decepcionante, sobre todo al recordar los safaris que hicimos un año antes en Kenia y Tanzania. Allí sí que vimos fauna: aquello era como El Corte Inglés, había de todas las especies, tallas, colores y en grandes cantidades.

Al regresar al resort, fuimos a la habitación a por el equipaje e hicimos el check-out. El propio hotel se encargó del traslado al Aeropuerto de Kasane y nos dejó en las puertas de la terminal (por llamarla de alguna manera, ya que era muy pequeña). Como los mostradores de la compañía Mack Air aún no estaban abiertos, tuvimos que esperar unos minutos antes de facturar.

Tras pasar el control de seguridad, embarcamos en una avioneta chárter regular hacia la pista de aterrizaje del Kadizora Camp, en el Delta del Okavango. Era un aparato de solo cinco pasajeros que compartimos con un matrimonio estadounidense; nosotros nos quedábamos en Kadizora, pero ellos continuaban la ruta. El vuelo de ida y vuelta nos costó 150 € por persona y duró una hora. ¡Un dato importante! El límite de peso es de 15 kg para el equipaje facturado y 5 kg para el de mano por persona (aquí os dejamos su contacto: reservations@mackair.co.bw). Volar en avioneta es, sin duda, la mejor manera de apreciar la espectacular dimensión del Delta del Okavango.

Aterrizamos en una pista de tierra en medio de la nada, en plena zona del Delta del Okavango. Como si de una película se tratase, bajamos de la avioneta y nos encontramos rodeados únicamente de vegetación. Allí nos esperaba nuestro guía y chófer de Kadizora Camp. Enseguida subimos al 4×4 que nos llevaría al campamento, donde pasaríamos las próximas dos noches. El precio total fue de 1.175 dólares americanos (unos 999,7 €) e incluía los traslados a la pista de aterrizaje, el alojamiento, las comidas y todas las actividades.

El río Okavango nace en Angola y atraviesa el desierto del Kalahari sin llegar a desembocar en el mar, lo que da origen al mayor delta interior del planeta. Este oasis acoge a una asombrosa diversidad de mamíferos, peces, aves y reptiles. Por su valor ecológico único, esta reserva natural fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en el año 2014.

A las puertas del campamento nos recibió el equipo de dirección junto a un grupo de mujeres que nos dieron la bienvenida con cantos tribales. Nos invitaron a un rico cóctel de frutas que, con el calor que hacía, nos sentó genial.

Acompañados hasta nuestra tienda, nos explicaron que debíamos fijar una hora diaria para que el ranger viniera a recogernos. No podíamos pasear libremente: el campamento está en pleno parque, sin vallas ni obstáculos que impidan el paso de los animales. ¡La tienda era una pasada y tenía de todo! Incluso nos mostraron unas trompetas para tocar en caso de emergencia si algún animal se acercaba demasiado.

El guía nos soltó: ‘¡Mirad! Hace nada hubo un elefante justo delante de vuestra tienda. ¡Aquí podéis ver el excremento que os ha dejado!’. En ese momento yo, Elisabeth, le dije a Sergio por lo bajini: ‘Estos lo han recogido con una pala y lo han puesto ahí para que nos emocionemos’. ¡Nos miramos y nos reímos un buen rato!

A las cuatro de la tarde nos ofrecieron café, té y dulces en el bar. Nosotros nos decantamos por un café con leche acompañado de unos pasteles y una porción de tarta de zanahoria. Allí conocimos a las otras tres parejas con las que compartiríamos el paseo en barca esa misma tarde. Eran matrimonios bastante mayores que nosotros; para que os hagáis una idea, podrían ser nuestros padres o incluso nuestros abuelos. El grupo lo formaban una pareja estadounidense de California, otra sudafricana de Ciudad del Cabo y los más jóvenes —que estaban celebrando sus bodas de plata—, unos suizos de Ginebra.

A las 16:30 h subimos al 4×4 para trasladarnos a la zona de embarque. Allí subimos a una lancha a motor junto a un guía especializado en aves y nos adentramos en las aguas del Delta del Okavango. ¡Fue increíble! No llevábamos ni dos minutos navegando cuando el guía se metió por un ramal del río y apagó el motor. A nuestro paso, empezaron a salir del agua y de la vegetación miles y miles de pájaros de diferentes especies. Jamás habíamos visto algo así, nos impresionó muchísimo. Parecía que los árboles se iban a vencer hacia los lados del peso, ya que estaban repletos de nidos, unos junto a otros.

Durante el trayecto también pudimos ver una gran cantidad de peces en el agua, elefantes, hipopótamos y varios cocodrilos. ¡Un consejo importante! Recuerda ponerte repelente de insectos y llevar una chaqueta a mano, ya que en cuanto empieza a atardecer la temperatura baja bastante.

Como colofón al paseo en barca, el equipo nos preparó un aperitivo a la orilla del río con refrescos, patatas fritas y frutos secos. Fue el escenario perfecto para contemplar el anochecer, poniendo el broche de oro a la tarde.

Tras el atardecer, regresamos en el 4×4 al campamento. Después de una reconfortante ducha, el ranger vino a buscarnos a la tienda para escoltarnos hasta el comedor. Compartimos la mesa con los otros tres matrimonios y el dueño del hotel, quien actuó como un anfitrión fantástico relatándonos su vida, sus raíces y el proceso de creación de este campamento. Fue una velada de lo más agradable que puso fin al día antes de irnos a dormir.

A las 5:30 de la mañana el ranger vino a llamarnos. Como ya estábamos listos, decidimos irnos a la recepción para aprovechar y conectarnos a la red wifi. Mientras tanto, las otras tres parejas de huéspedes se marcharon a dar un paseo en globo. A las 6:00 nos sirvieron el desayuno: pan tostado, mermeladas, pasteles, cereales, zumo y café.

Sobre las 6:30 subimos al 4×4 para comenzar un game drive. ¡A ver qué nos depararía el día! Lo primero que vieron nuestros ojos fue a esta jirafa. Más tarde veríamos otra perfectamente camuflada, además de cebras, jabalíes, impalas, antílopes y monos.

Hicimos una pausa en el safari para disfrutar de un café en mitad de la naturaleza, acompañado de galletas y repostería. Un momento perfecto que aprovechamos para sacar fotografías y realizar algunas grabaciones de vídeo.

Terminado el safari, regresamos al campamento. A las 13:00 h nos sirvieron el almuerzo: carne de ternera a la brasa con patatas rellenas de verduras y tomates. De postre tomamos fruta fresca (uvas, piña y mango), una porción de bizcocho y un café.

Nos sentamos un rato en las sillas de la terraza a contemplar el lugar, rodeados de plena naturaleza. A las 16:00 h tomamos un café acompañado de una porción de tarta, esta vez de plátano. Media hora después, a las 16:30 h, vinieron a recogernos para realizar un nuevo paseo en barca por el río Okavango. Como era la misma actividad que la tarde anterior, decidimos dejar las cámaras a un lado y no hacer demasiadas fotos; preferimos disfrutar con nuestros propios ojos del paisaje, de su flora y de una fauna que no se ve todos los días, conectando con el lado más auténtico y salvaje de África. Volvimos a despedir el día con un aperitivo y, cómo no, con un magnífico atardecer.

A las 19:30 h nos sirvieron la cena, en la que probamos un delicioso bistec de ternera acompañado de verduras; de postre, una porción de tarta de manzana. Al terminar, llegó el momento de despedirnos del personal del campamento y de las demás parejas de viajeros. Algunos seguirían pasando más días en la zona, otros regresarían ya a sus casas y nosotros continuaríamos nuestra aventura por África. ¡Cambiábamos de país! Nuestro próximo destino era Namibia, el país vecino de Botsuana.

Decidimos irnos a descansar a la tienda. Al día siguiente serían nuestras últimas horas en el lugar, así que tocaba recoger el equipaje. Apagamos la luz y a dormir. ¡Buenas noches!

A la 1:30 de la madrugada me desperté con un ruido extraño. ¡Teníamos un elefante justo delante de la tienda comiéndose las ramas de un árbol! Corriendo intenté despertar a Sergio, pero dormía tan profundamente que no me escuchaba. Eso sí, en cuanto el animal soltó un tremendo barrito, a Sergio se le quitó el sueño por completo. ¿Qué podíamos hacer? Nuestra tienda era la última y la más alejada de recepción. Tocar la trompeta de emergencia no iba a solucionar nada, solo enfadaría más al animal. ¡Era terrible escuchar cómo arrancaba las ramas! Pensábamos que de un trompazo nos tiraría la tienda abajo. Yo, Elisabeth, creo que hacía tiempo que no pasaba tanto miedo. Nos vestimos y cogimos los pasaportes por si teníamos que salir corriendo.

Para colmo, la cosa fue a peor: llegó otro elefante. ¡Ya eran dos y pensábamos que se iban a seguir multiplicando! Pasaron dos horas y diez minutos pegados a nuestra tienda hasta que por fin se marcharon. ¡Qué alivio! Resulta que la caldera que producía humo para ahuyentarlos se había apagado porque los rangers se habían quedado dormidos, y por eso se acercaron tanto. Cuando llegaron a encenderla de nuevo, echaron tanta leña que el humo nos hacía llorar y nos puso los ojos rojos. Pensamos: ‘Ahora no moriremos aplastados por los elefantes, ¡sino asfixiados por el humo!’.

Intentamos volver a dormir, pero no llevábamos ni 30 minutos cuando Sergio pegó un salto de la cama. Lo miré y le pregunté: ‘¿Qué te pasa?’. ¡Pues resulta que tenía una rata en la cabeza! Nos preguntábamos cuál sería el siguiente animal en interrumpirnos el sueño.

A las 6:00 sonó el despertador. Como cada día, el ranger vino a escoltarnos al comedor. Íbamos como zombis tras la mala noche. Además, eso de no poder caminar libremente por el campamento no molaba nada.

Después de desayunar, llegó el momento de navegar en un mokoro, la canoa tradicional utilizada por la tribu de los bayei. En ella solo suben dos personas y el remero, que la impulsa con una pértiga. Pasamos entre nenúfares y papiros, viendo cocodrilos, hipopótamos, elefantes y peces.

Durante el paseo, Sergio fue a sacar unas fotos y comprobó que su cámara tenía pequeños mordiscos. Yo, Elisabeth, miré la mía y vi dos pequeñas marcas idénticas en el plástico del visor. ¡La rata nos había dejado su huella de recuerdo en las cámaras! Ahora nos reímos, pero ¡vaya tela con la experiencia en el Delta del Okavango!

Regresamos al campamento y tocó hacer balance de nuestro paso por Botsuana. En estos safaris no tuvimos la suerte de ver leopardos, guepardos, hienas ni rinocerontes. De hecho, avistar este último es casi imposible porque apenas quedan ejemplares, aunque están intentando reintroducirlos en el país. Por el contrario, sí vimos elefantes, leones, hipopótamos, búfalos, jirafas, cebras, antílopes, facóqueros, monos y una asombrosa variedad de aves. Es verdad que no encontramos grandes manadas y percibimos cierto temor en los animales, ya que huían asustados al escuchar el motor del 4×4 o de las barcas.

Acto seguido, recogimos el equipaje para iniciar el traslado. El mismo guía del día anterior nos llevó en el 4×4, junto al matrimonio estadounidense, hasta la pista de aterrizaje. Desde allí tomaríamos la avioneta con dirección al Aeropuerto de Maun.

Era la misma avioneta de cinco pasajeros en la que habíamos llegado. El hombre estadounidense, que era ya mayor, se sentó delante con el piloto; nosotros nos colocamos justo detrás y su mujer en la fila trasera. Una vez en el aire y alcanzada la altitud de crucero, vimos cómo el piloto se ponía a rellenar formularios mientras pilotaba. Para colmo, el americano se quedó completamente dormido y daba cabezadas hacia delante y hacia atrás, acompañado de una buena sinfonía de ronquidos. Mientras tanto, su mujer estaba atrás vomitando en una bolsa de papel. Yo miraba de reojo y le decía a Sergio: ‘Veremos a ver qué pasa y cómo termina este viaje’.

Tras 45 minutos de vuelo, divisamos Maun y aterrizamos en su aeropuerto. Al bajar de la avioneta, el personal de la pista nos recogió para trasladarnos a la terminal, donde pasamos el control de seguridad y volvieron a pesarnos el equipaje.

Llegamos a los mostradores de South African Airways para facturar el equipaje y obtener las tarjetas de embarque de nuestro vuelo a Johannesburgo. Por suerte, pudimos facturar las maletas directamente hasta Windhoek, nuestro destino final.

Tras pasar el control de seguridad y el de inmigración —donde tuvimos que rellenar el mismo papelito que te dan al entrar al país—, entramos a la sala de espera. El vuelo despegó con 30 minutos de retraso; algo bastante habitual en África, donde lo raro es que salga a tiempo. El trayecto duró una hora y 40 minutos. Al tomar tierra en el Aeropuerto O.R. Tambo de Johannesburgo, bajamos del avión y nos dirigimos a la zona de transfer. Allí pasamos el control de pasaportes y nos estamparon el sello.

Acto seguido, acudimos a los mostradores de Air Namibia para recoger las siguientes tarjetas de embarque. Con los deberes hechos, buscamos un restaurante para almorzar: pedimos dos platos de pasta con salmón y una botella de agua mineral. Pagamos un total de 482 rands sudafricanos (unos 25-30 € aproximadamente).

Yo, Elisabeth, miré las pantallas de información y comprobé que nuestro vuelo ya estaba embarcando. ¡Pero si todavía faltaba más de una hora! Cogimos el equipaje a toda prisa y salimos corriendo hacia la puerta. Al final, el avión despegó con 30 minutos de antelación. El trayecto duró 2 horas y 5 minutos. Por estos dos vuelos pagamos un total de 183 € por persona.

📌 Información Útil para viajar a Botsuana:

  • Visado y pasaporte: Los ciudadanos españoles no necesitamos visado para estancias inferiores a 90 días. Solo se requiere el pasaporte con una validez mínima de 6 meses y un billete de salida del país. Si deseas quedarte más tiempo, deberás tramitar una visa.
  • Vacunas y salud: No hay vacunas obligatorias, salvo la de la fiebre amarilla si provienes de un país endémico (África o Sudamérica). Se recomienda estar vacunado de Hepatitis A y B, y Tétanos. Para información actualizada, pide cita en Sanidad Exterior a través de su web oficial: sanidad.gob.es.
  • Prevención de la malaria: Si viajas al Delta del Okavango, es imprescindible tomar la profilaxis (como el Malarone), usar un buen repelente de mosquitos y dormir siempre con mosquitera.
  • Botiquín recomendado: No olvides incluir analgésicos, protectores estomacales o pastillas para la diarrea, antihistamínicos, antibióticos de amplio espectro y crema para las picaduras.
  • Agua y alimentación: Se aconseja beber siempre agua embotellada y evitar las bebidas con hielo.
  • Idiomas: Los oficiales son el inglés y el setswana (o bantú), aunque coexisten lenguas locales como el malanga, el herero, el mbukushu y el cunga.
  • Moneda y pagos: La moneda oficial es el pula (1 € equivale a unas 12,19 pulas). Las tarjetas internacionales (Visa, MasterCard, American Express) se aceptan en zonas turísticas, pero en aldeas y áreas remotas no hay cajeros ni terminales, por lo que es obligatorio llevar dinero en efectivo.
  • Propinas y regateo: Debido a la influencia del turismo estadounidense y británico, se acostumbra a dejar entre un 10% y un 15% de propina, la cual a veces ya viene incluida. Ten en cuenta que el regateo es habitual en los comercios locales; al principio suelen pedir precios inflados al ver que eres extranjero, así que toca negociar con paciencia.
  • Clima: La temporada de lluvias va de noviembre a marzo, mientras que la estación seca comprende de junio a octubre. Esta última es la época ideal para observar la fauna y tomar fotografías, ya que los animales se desplazan constantemente en busca de agua.

En el próximo post os contaremos nuestro paso por Namibia. En esta nueva aventura nos esperan tribus ancestrales, desiertos infinitos, dunas gigantes, pinturas rupestres y muchísima fauna. ¡Un saludo, andorreros! Nos vemos muy pronto.



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